1520, 22 de agosto. Medina del Campo. Carta de Medina del Campo a Valladolid Después que no hemos visto vuestras letras, ni vosotros, señores, habéis visto las nuestras, han pasado por esta desdichada villa tantas y tan grandes cosas, que no sabemos por do comenzar a contarlas. Porque gracias a Nuestro Señor, aunque tuvimos corazones para sufrirlas, pero no tenemos lenguas para decirlas. Muchas cosas desastradas leemos haber acontecido en tierras extrañas, muchas hemos visto en nuestras tierras propias; pero semejante cosa como la que aquí ha acontecido a la desdichada Medina, ni los pasados ni los presentes la vieron acontecer en toda España. Porque otros casos que acaecieron no son tan graves que no se puedan remediar; pero este daño es tan horrendo que aún no se puede decir. Hacemos saber a V.S. M.S. que ayer martes, que se contaron veinte y uno, vino Antonio de Fonseca a esta villa con docientos escopeteros y ochocientas lanzas, todos a punto de guerra. Y cierto no madrugaba más don Rodrigo contra los moros de Granada, que madrugó Antonio de Fonseca contra los cristianos de Medina. Ya que estaba a las puertas de la villa díjonos que él era el capitán general y que venía por la artillería. Y, como a nosotros no nos constase que él fuese capitán general de Castilla, y fuésemos ciertos que la quería para ir contra Segovia, pusímonos en defensa della. De manera que, no pudiendo concertarnos por palabras, hubimos de averiguar la cosa por armas. Antonio de Fonseca y los suyos desde que vieron que los sobrepujábamos en fuerza de armas, acordaron de poner fuego a nuestras casas y haciendas, porque pensaron que, lo que ganábamos por esforzados perderíamos por codiciosos. Por cierto, señores, el hierro de nuestros enemigos en un mismo punto hería en nuestras carnes, y por otra parte el fuego quemaba nuestras haciendas Y sobre todo veíamos delante nuestros ojos que los soldados despojaban a nuestras mujeres y hijos. Y de todo esto no teníamos tanta pena como de pensar que con nuestra artillería querían ir a destruir a la ciudad de Segovia, porque de corazones valerosos es los muchos trabajos propios tenerlos en poco y los pocos ajenos tenerlos en mucho. Habrá dos meses que vino aquí don Alonso de Fonseca, obispo de Burgos, hermano de Antonio de Fonseca, a pedirnos la artillería, y ahora venía el hermano a llevarla por la fuerza. Pero damos gracias a Dios, y al buen esfuerzo de este pueblo, que el uno fue corrido, y al otro enviamos vencido. No os maravilléis, señores, de lo que decimos; pero maravillaos de lo que dejamos de decir. Ya tenemos los cuerpos fatigados de las armas, las casas todas quemadas, las haciendas todas robadas, los hijos y las mujeres sin tener do abrigarlos, los templos de Dios hechos polvos; y sobre todo tenemos nuestros corazones tan turbados que pensamos tornarnos locos. Y esto no por más de pensar si fueron solos pecados de Fonseca, o si fueron tristes liados de Medina, porque fuese la desdichada Medina quemada. No podemos pensar nosotros que Antonio de Fonseca y la gente que traía buscasen solamente la artillería; que, si esto fuera, no era posible que ochocientas lanzas y quinientos soldados no dejaran, como dejaron de pelear en las plazas, y se metieran a robar nuestras casas, porque muy poco se dieron de la pólvora y tiros a la hora que se vieron de fardeles apoderados. El daño que en la triste de Medina ha hecho el fuego, conviene a saber, el oro, la plata, los brocados, las sedas, las Joyas, las perlas, las tapicerías y riquezas que han quemado, no hay lengua que lo pueda decir, ni pluma que lo pueda escribir, ni hay corazón que lo pueda pensar, ni hay seso que lo pueda tasar, ni hay ojos que sin lágrimas lo puedan mirar; porque no menos daño hicieron estos tiranos en quemar a la desdichada Medina, que hicieron los griegos en quemar la poderosa Troya. Halláronse en esta romería Antonio de Fonseca, el alcalde Ronquillo, don Rodrigo de Mexía, Joannes de Ávila y Gutierre Quijada, los cuales todos usaron de mayor crueldad con Medina que no usaron los bárbaros con Roma. Porque aquellos no tocaron en los templos, y éstos quemaron los templos y monasterios. Entre las cosas que quemaron estos tiranos fue el monasterio del señor San Francisco, en el cual se quemó de toda la sacristía infinito tesoro, y agora los pobres frailes moran en la huerta, y salvaron el Santísimo Sacramento cabe la noria en el hueco de un olmo. De lo cual todo podéis , señores, colegir que los que a Dios echan de su casa, mal dejaran a ninguno en la suya. Es no pequeña lástima decirlo, y sin comparación es muy mayor verlo, conviene a saber, a las pobres viudas y a los tristes huérfanos y a las delicadas doncellas, como antes se mantenían de sus propias manos en sus casas propias, agora son constreñidas a entrar por puertas ajenas. De manera que por haber Fonseca quemado sus haciendas , de necesidad pondrán otro fuego a sus famas. Nuestro Señor guarde sus muy magníficas personas. De la desdichada Medina a veinte y dos de agosto, año de mil y quinientos y veinte.